lunes, 11 de marzo de 2013

Adiós a El Día de Cuenca


Que desagradable sorpresa me aguardaba esta mañana entre los titulares del periódico… Todavía con legañas en los ojos, no pude evitar una punzada de dolor en el pecho al leer que ayer se publicó el último ejemplar de El día de Cuenca.

El último periódico local de la ciudad desaparece… y con él, ese medio que fue testigo de mi infancia y cómplice de mi desarrollo. Impresas en sus páginas queda la historia de mi niñez, y de otras miles. Sus hojas, muchas de las cuales guardo desordenadas en un cajón, me han visto crecer y madurar: logros deportivos plasmados en blanco y negro (que incluso llegaron a albergar coincidencias insospechadas), eventos musicales y teatrales del colegio y del instituto, conciertos de la escuela de música… y en especial, ese apartado llamado “aprendices de escritor”, que me tendió la mano para que plasmara mis fantasmas de la infancia en papel. Esa sección vio nacer mi primera historia, titulada “un día soñé”, cuando tenía tan sólo 10 años. Y fue mi motivación durante el resto de mi infancia para seguir escribiendo.
No puedo evitar sentir nostalgia y pena al pensar que este silencioso testigo desaparece; que ya no habrá más niños hojeando sus páginas esperando encontrar su relato entre ellas, o buscando su foto con el equipo de fútbol.
Espero que algún medio digital tome el relevo, y pronto haya una sección donde se den a conocer los escritores conquenses más jóvenes.
Hasta siempre.

sábado, 23 de febrero de 2013

Tres historias sobre la muerte


La invitada más esperada
La muerte es esa amiga a la que nos pasamos toda la vida esperando. Algunos planean minuciosamente como será ese encuentro, y emplean gran cantidad de su tiempo preparándose para ello. Como aquellos que se ahogan en alcohol durante años, para luego recibirla con vinito y paté de hígado. O los románticos, que llenan de grasa sus venas para luego entregarle su corazón. La muerte puede ser muy maleducada: a veces acude sin avisar, sin tan siquiera llamar a la puerta, pillándonos desprevenidos con la mesa sin servir. Otras veces se hace esperar tanto, que hay quien no puede con la impaciencia, y acaba lanzándose a su encuentro.
Toda la vida esperándola, y siempre con la misma pregunta rondando nuestras cabezas: “¿cómo será La Muerte?” Yo nunca la he conocido, pero dicen que es bella. Dicen que cuando la ves, te corta la respiración.


Carta de una niña
Estimada Muerte:
            No sé si te acordarás de mi, me llamo Laura, y estuviste la semana pasada en mi casa para llevarte a mi abuelita.
            Estoy preocupada por ella y por eso te estoy escribiendo. No sé donde te la has llevado, pero espero que haya árboles y flores, porque a mi abuelita le gusta mucho el campo.
            Es importante que le recuerdes que se tiene que tomar las pastillas, porque es ya mayor y a veces se le olvida. Mis papás dicen que no puede tomar dulce, pero yo siempre le daba un bombón por la tarde, sin que me vieran, y a mi abuelita eso le gustaba mucho. Estaría bien si tú también le dieras el bombón.
            Otra cosa que le gusta mucho a mi abuelita es jugar a la brisca. Espero que tú seas buena jugando a las cartas, porque si no, te va a dejar sin un céntimo.
            Quiero que cuides bien de ella, como lo hacía yo. Ya verás que mi abuelita es la mejor de todas las abuelas.



Se fue…
Un buen día se fue. Cerró los ojos para siempre y volvió a la tierra, para fundirse con ella, para abonarla con todos los nutrientes que habían formado su alma. Y así, súbitamente, el presente se convirtió en pasado. En sólo un instante frases como “¿quedamos para tomar algo?”, “vayamos al cine”, o “bésame” se esfumaron para siempre, dejando sólo un recuerdo. El recuerdo más bello de mi memoria.


viernes, 26 de octubre de 2012

Un encuentro singular


Todavía recuerdo aquel hecho como uno de los más extraños que me han sucedido nunca.
Salí medio adormilada de La casa de las Conchas para dirigirme al Alcaraván café. Es algo que solía hacer cuando los apuntes y el silencio de la biblioteca me sumían en ese estado de sopor en el que las letras se empiezan a entremezclar y el cuello pierde su firmeza. El leve alboroto del Alcaraván y el dulce aroma a café recién hecho me devolvían la vigilia y la concentración.
Llegué como tantas otras veces y me senté en una de las primeras mesas. Saqué los apuntes y bolígrafos, y cuando levanté la cabeza quedé petrificada ante mi visión. Tanto que cuando el camarero me preguntó que quería tomar, tuvo que repetirlo hasta tres veces para que yo me cerciorara de que alguien me estaba hablando.
De pie en la barra, charlando tranquilamente se encontraban dos antagónicos personajes. El primero, elegante, con su traje gris y pajarita, sus pequeños rizos cuidadosamente peinados y su pose erguida, interesante. El segundo, inmensamente gordo. Tanto que daba la impresión de que con un pequeño empujoncito podría salir rodando la calle abajo. No vestía, sin embargo, sus estrafalarias túnicas de colores, ni llevaba sus gafas de sol artísticas. Pero su calva y sus grandes dimensiones le hacían inconfundible; al menos para alguien que pasa media vida pegada al televisor...
Me froté los ojos con incredulidad e intenté procesar en mi mente aquella imagen: No podía ser cierto, y aún así, lo era: me encontraba ante Federico García Lorca y King África.
Aquella reunión me parecía rocambolesca, y sin embargo, emanaba ese grado de confianza que sólo se alcanza tras muchos años de estrecha amistad.
Mientras les veía hablar y gesticular, no paraba de preguntarme “¿qué pueden tener en común?¿de qué hablarán?” El uno, una eminencia dentro de la poesía española, el otro, caricatura desenfadada de las canciones del verano. García Lorca, genio de la retórica, músico de la lengua y malabarista de palabras. King África, cuya mayor aportación al lenguaje ha sido añadir cuatro o cinco “oes” a la palabra “bomba”. Y sin embargo, allí estaban: tomando café juntos, conversando, riendo...
Intenté aguzar mi oído para escucharles, a la vez que disimulaba dirigiendo mi mirada hacia mis apuntes. No estaban demasiado lejos, pero su tono de voz no era muy alto, por lo que sólo pude captar fragmentos de sus conversaciones...
Les oí hablar sobre Argentina, país donde ambos habían vivido; también intercambiaron experiencias de sus viajes por el mundo, contando anécdotas, impresiones sobre lugares y personas que habían conocido... ojalá pudiera haber oído mejor toda la conversación. Luego adoptaron un tono más crítico, comentando la situación política actual, mostrando su desacuerdo con la desmejora de la educación pública; para poco después pasar a hablar de música, rimas y versos y perderse en ese tema durante el resto de la conversación.
No puedo negar que me impresionó el innegable talento de King África para las letras. Partiendo de su imagen en televisión, nunca lo hubiera imaginado. Es curioso cuánto puede cambiar una persona detrás de las cámaras...
Prendida en estos pensamientos y reflexiones estaba, cuando los dos personajes estrecharon manos, se dieron una palmada afectuosa en el hombro y se dispusieron a abandonar el local. Y así les vi salir, sonrientes, alejándose en silencio, ajenos a la marca imborrable que acababan de dejar en mi memoria. Desaparecieron tras el umbral de la puerta, y el bar quedó sumido, por unos minutos, en un silencio mágico.

viernes, 6 de enero de 2012

El Día de Reyes Magos


    Nunca antes me había parado a pensar cómo de significativo puede llegar a ser para mi el día de los Reyes Magos.

    Este día es sin duda uno de los más importantes del año para los niños, cuya fantasía está intacta y aguardan impacientes la mañana del día 6. Es probablemente el único día que limpian los zapatos, y en mi caso, ¡yo sólo limpiaba uno!. Se van a dormir tan alterados, que les parece que no conseguirán conciliar el sueño nunca, pensando en cómo harán los camellos para entrar por la ventana, y en si a Sus Majestades les gustará el cola-cao con galletas que les han dejado en la cocina...
    
    Despertar un día de Reyes cuando eres un niño es una sensación inolvidable. Los ojos como platos, el corazón a cien por hora y un salto tan enérgico para salir de la cama que te hace aterrizar en el salón en una explosión de risas, desgarros de papel de regalo, coloridos envoltorios, exclamaciones de sorpresa, crujidos de cajas... es algo mágico, sin duda.
    Sin embargo, este día suele pasar a un segundo plano para los adultos, cuya fantasía está marchita por el paso de los años, y para los cuáles estas fechas sólo significan desembolso de dinero. Se tiende a dar más importancia al día de Navidad, por sus connotaciones familiares, o a la Noche Vieja, por aquello de recibir al año nuevo y nuestra tan arraigada costumbre de las doce uvas.

    En este año tan atípico para mi, no me ha sido posible pasar estas fiestas con mi familia, como tengo por costumbre. Pude hacerlo en Navidad, pero no en Noche Vieja ni en Reyes. Imaginaba que sería raro recibir el 2012 lejos de casa, que añoraría mucho la cena con mi madre, mi abuela, mi hermano, mis primos, tíos... las uvas en el salón, al brasero, y los besos y buenos deseos de después brindando con champán... pero nunca imaginé que pasar el día de Reyes sin ellos fuera a causarme más melancolía.

    Así me encontraba ayer por la mañana. Estudiando sin ilusión, percibiendo el día más frío que de costumbre, sintiendo que faltaba algo muy importante y que no era un día cualquiera. Los apuntes se me antojaban más enrevesados que el día anterior, las páginas más grises y mis esquemas parecían garabatos sin sentido.
    Así que decidí hacer algo. Me puse el abrigo y salí a la calle. Pensé en qué bonito sería convencer a mis compañeras de piso para poner los zapatos en el salón por la noche, por si acaso a los Reyes Magos les daba por pasarse, y que a la mañana siguiente todos tuviéramos un regalo. Así que me di una vuelta por las tiendas de artesanía del barrio y compré tres chorradillas y chocolate para todos. Ya volviendo a casa, pasé por la panadería y ¿por qué no? Cogí un Roscón de Reyes, con sus frutas escarchadas y su relleno de crema.

    Con esto, recuperé la ilusión y la felicidad, y pude seguir estudiando a gusto hasta por la noche. Convencí a mis escépticas compañeras de dejar los zapatos en el salón, y me fui a dormir pensando que ilusión les haría ver los regalos al día siguiente. Me levanté a las 8, para dejarlos allí antes de que nadie se hubiera levantado, y ¡cuál fue mi sorpresa al ver que ya había coloridos paquetes al lado de cada una de nuestras sandalias!
    Me volví a dormir, con una sonrisa grabada en mi cara y el corazón conmovido. Un par de horas más tarde Fátima me despertó aporreando mi puerta gritando “¡despertad chicas, que han venido los Reyes!” Poco después ya estábamos allí, abriendo los regalos, bebiendo chocolate y saboreando el delicioso Roscón... en resumen, disfrutando como niñas de la magia del día de Reyes.

    Porque no importa lo mayor que seas, ni dónde estés; la ilusión puede seguir viva cuando te rodeas de gente que te quiere. Con solo mantener una chispa de imaginación todo el mundo puede ser un Rey Mago.  

martes, 6 de diciembre de 2011

El desalojo de la dignidad


       Leo con amargura que han desalojado el hotel de Madrid ocupado por los indignados. Muchos dirán "lógico, era un acto ilegal", pues muy bien, a éstos decirles que, por muy ilegal que sea, el hecho de desalojar a la gente de sus viviendas choca de lleno con el artículo 47 de la constitución, que dice así:  
"Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación."

       Curioso cuanto menos, que en dicho artículo se exponga que “los poderes públicos impedirán la especulación”… sí, ya hemos visto todos como lo hacen.

       Independientemente de la legalidad o ilegalidad de las acciones, ¿cómo es posible que, mientras cientos de personas duermen en la calle, haya miles de viviendas vacías e inhabitadas? ¿Cómo hemos llegado a esta situación de sinsentido?

       En mi opinión, no es tan difícil de explicar como nos quieren hacer creer. Se trata de algo básico, y es que, en este sistema en el que vivimos, lo más importante no son las personas, sino los intereses de los mercados.
       Lo llaman “estado de bienestar”, pero la verdad es que de eso tiene poco, y desgraciadamente, cada vez menos. Nos estamos acercando a un capitalismo extremo, en el que lo único que prospera es lo que produce más dinero, sin imponer ningún límite ético y moral. Así, si la venta de una vivienda supone un negocio para alguien, pues al que no tenga dinero para pagarla se la quitamos, porque no nos es rentable, aunque le estemos condenando a vivir en la calle. Si los productos más baratos se venden más, pues creamos una fábrica en un país que permita la explotación infantil, ponemos a 500 niños a trabajar sin descanso durante 18 horas pagándoles una miseria, y ya está, ¿qué más dan los derechos humanos?. Si es más barato talar un bosque para crear papel y cartón que reciclarlo, ¿para qué nos vamos a molestar? Lo primero da mucho más dinero. Si conseguimos más beneficio vendiéndole al público una impresora, ordenador, movil… cada año, ¿para qué vamos a hacerlos más duraderos? Más ganancias, y al medio ambiente que le dén.
       Hemos llegado a una situación intolerable consentida por los gobiernos, que no han puesto ningún tipo de barrera a este libre mercado, y perpetuado por todos nosotros, que no solemos pensar en las consecuencias de gastar aquí o allá nuestro dinero.

       La libertad de mercado en la que vivimos ha demostrado que no funciona. Un mercado sin límites ni restricciones sólo aumenta las desigualdades sociales. Hace falta cambiar el sistema y hacerlo más justo. No es una utopía, es el único camino a seguir si queremos garantizar una vida digna, y éste debería ser el primer objetivo de cualquier civilización.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Rutina en Edimburgo

       Cuando estoy en silencio, en calma, recién llegada a casa después de todo el día de estudio, o por la noche, justo antes de dormir, si cierro los ojos y respiro profundamente, puedo imaginar lo que fue mi rutina en Edimburgo casi como si todavía estuviera allí.

       La suave cadencia de "Flowers in the window" de Travis va irrumpiendo poco a poco en mi sueño, hasta que todo lo onírico va perdiendo forma y yo me desperezo bajo mi edredón de dinosaurios que tantas noches me ha acompañado y del cual estoy tan orgullosa. Ya es de día, pues no madrugo demasiado. Este es el primer momento del día en que miro a través de mi ventana.          Realmente da igual si está nublado, hay un sol radiante, hay viento o llueve… da igual, porque 10 minutos después puede haber cambiado radicalmente. Esto es Escocia. La primera frase que aprendí aquí fue "if you don't like Scottish weather, just wat 15 minutes".
       Una ducha rápida, un té calentito acompañado de tostadas y me visto para salir en dirección al Forest café. Es curioso cómo nuestra memoria juega con nosotros. Así, yo apenas recuerdo que el camino fuese frío, pero lo cierto es que cada mañana desaparecía bajo mi abrigo, gorro, bufanda y guantes antes de poner un pie en la calle.

       El atajo desde mi casa al Forest no es gran cosa. Son 20 minutos callejeando entre edificios grises con aspecto misterioso. A veces bajo la lluvia, otras oyendo el crepitar de la nieve bajo mis pies.
Paso por delante de los cines Odeon, en Lothian Road. Me traen recuerdos dulces y salados, de ilusión, frustración y palomitas. Frustración por no poder poner subtítulos a las películas, o por no poder pararlas y rebobinarlas. Ilusión al ir entendiendo más y más, según pasan los meses, y palomitas… bueno, es obvio, ¿no?.
       Más adelante, un pintoresco callejón dibuja una suave curva para desembocar en Grass Market. Está flanqueado por edificios que simulan pequeños castillos, y en él se respira el aroma de papel polvoriento. En sus bajos hay antiguas librerías de ejemplares de segunda mano. Las estanterías se alzan por doquier, hasta los techos, y en ellas se puede encontrar de todo, desde clásicos literarios, obras sobre historia de Escocia, novelas modernas, e incluso diccionarios y métodos de idiomas para aprender esperanto.
     
       Una vez en la plaza de Grass Market, no puedo evitar echar echar una ojeada hacia mi izquierda, para ver el castillo, que se yergue imponente sobre un antiguo volcán. Es el mayor símbolo de la ciudad. Y con motivo. Edimburgo no sería gran cosa sin su castillo, y éste no pasaría de fortaleza mediocre sin su villa.
       Cruzo la plaza que, a pesar de ser tan viva por la noche, con sus bares llenos de música en directo y cerveza, durante el día es silenciosa, como si le guardara el luto a lo que fue en el pasado: el lugar donde se exhibía la horca.
       Subo por una estrecha calle, y me topo con la estatuílla de Bobby, homenaje a la fidelidad de un perrillo que vivió catorce años junto a la tumba de su amo.
     
       En dos minutos ya estoy enfrente del Forest café. Un sentimiento de paz me embarga por dentro. Abro la puerta y el calor me envuelve, empañándome las gafas. Tras limpiármelas, saludo a Briggett, Bastian y Margarida, que ya están allí. Porque en este lugar, el aire no es lo único cálido, son las personas que trabajan allí y las que lo frecuentan, quienes lo hacen así de acogedor. Tanto que me siento como en casa. Me pido un capuchino y me siento en una de las mesas al lado de la pared. Rodeo con mis manos la taza dejando que el calor de ésta me recorra todo el cuerpo al tiempo que el aroma del café recién hecho me inunda los sentidos. Reconozco la música que suena, es esa especie de mezcla entre ritmo alternativo y sonsonete del tetris tan característico de este lugar.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Encontrarse a uno mismo

“Encontrarse a uno mismo”. ¿es un tópico?¿una frase hecha?¿qué quiere decir “encontrarse a uno mismo”?¿Acaso no nos conocemos? Después e todo, ¡llevamos toda nuestra vida con nosotros mismos!

De niños, todos somos soñadores. Vivimos de ilusiones puras, porque nada es imposible. El futuro entero está a nuestros pies y en nuestra pequeña mente cabe todo. No podemos concebir que algo sea inalcanzable… hay tiempo para todo.

Pero el tiempo pasa. Vamos creciendo y amoldándonos a lo que nos rodea. A nuestra vida, a nuestros estudios, al trabajo, amigos, familia… Muchas veces ni siquiera tenemos tiempo para pensar lo que estamos dejando atrás, para reflexionar si hay alguna parte de nosotros mismos que estamos olvidando, que estamos dejando que el paso de los años lo entierren, en lugar de luchar por ello. Es simplemente inercia. Como cuándo hace mucho que no ves a un amigo, y de pronto, un día te acuerdas de él y piensas “¡parece que fue ayer!¿cómo es posible que hayan pasado ya 10 años?”

Por eso “encontrarse a uno mismo” no es fácil. Hay que buscar dentro, en la profundidad, y lo más difícil, es encontrar el camino.

Hasta que un día, un inocente comentario, puede que de alguien especial, se te clava tan hondo que remueve todos los cimientos de tu existencia. ¿Cómo puede una frase sencilla producir tal efecto? Hay palabras que llegan directamente a ese “uno mismo” que habíamos olvidado, y en un torbellino de sensaciones, sacan a la luz esa ilusión de la infancia. Y puede que ese día, tu vida cambie para siempre…