viernes, 26 de octubre de 2012

Un encuentro singular


Todavía recuerdo aquel hecho como uno de los más extraños que me han sucedido nunca.
Salí medio adormilada de La casa de las Conchas para dirigirme al Alcaraván café. Es algo que solía hacer cuando los apuntes y el silencio de la biblioteca me sumían en ese estado de sopor en el que las letras se empiezan a entremezclar y el cuello pierde su firmeza. El leve alboroto del Alcaraván y el dulce aroma a café recién hecho me devolvían la vigilia y la concentración.
Llegué como tantas otras veces y me senté en una de las primeras mesas. Saqué los apuntes y bolígrafos, y cuando levanté la cabeza quedé petrificada ante mi visión. Tanto que cuando el camarero me preguntó que quería tomar, tuvo que repetirlo hasta tres veces para que yo me cerciorara de que alguien me estaba hablando.
De pie en la barra, charlando tranquilamente se encontraban dos antagónicos personajes. El primero, elegante, con su traje gris y pajarita, sus pequeños rizos cuidadosamente peinados y su pose erguida, interesante. El segundo, inmensamente gordo. Tanto que daba la impresión de que con un pequeño empujoncito podría salir rodando la calle abajo. No vestía, sin embargo, sus estrafalarias túnicas de colores, ni llevaba sus gafas de sol artísticas. Pero su calva y sus grandes dimensiones le hacían inconfundible; al menos para alguien que pasa media vida pegada al televisor...
Me froté los ojos con incredulidad e intenté procesar en mi mente aquella imagen: No podía ser cierto, y aún así, lo era: me encontraba ante Federico García Lorca y King África.
Aquella reunión me parecía rocambolesca, y sin embargo, emanaba ese grado de confianza que sólo se alcanza tras muchos años de estrecha amistad.
Mientras les veía hablar y gesticular, no paraba de preguntarme “¿qué pueden tener en común?¿de qué hablarán?” El uno, una eminencia dentro de la poesía española, el otro, caricatura desenfadada de las canciones del verano. García Lorca, genio de la retórica, músico de la lengua y malabarista de palabras. King África, cuya mayor aportación al lenguaje ha sido añadir cuatro o cinco “oes” a la palabra “bomba”. Y sin embargo, allí estaban: tomando café juntos, conversando, riendo...
Intenté aguzar mi oído para escucharles, a la vez que disimulaba dirigiendo mi mirada hacia mis apuntes. No estaban demasiado lejos, pero su tono de voz no era muy alto, por lo que sólo pude captar fragmentos de sus conversaciones...
Les oí hablar sobre Argentina, país donde ambos habían vivido; también intercambiaron experiencias de sus viajes por el mundo, contando anécdotas, impresiones sobre lugares y personas que habían conocido... ojalá pudiera haber oído mejor toda la conversación. Luego adoptaron un tono más crítico, comentando la situación política actual, mostrando su desacuerdo con la desmejora de la educación pública; para poco después pasar a hablar de música, rimas y versos y perderse en ese tema durante el resto de la conversación.
No puedo negar que me impresionó el innegable talento de King África para las letras. Partiendo de su imagen en televisión, nunca lo hubiera imaginado. Es curioso cuánto puede cambiar una persona detrás de las cámaras...
Prendida en estos pensamientos y reflexiones estaba, cuando los dos personajes estrecharon manos, se dieron una palmada afectuosa en el hombro y se dispusieron a abandonar el local. Y así les vi salir, sonrientes, alejándose en silencio, ajenos a la marca imborrable que acababan de dejar en mi memoria. Desaparecieron tras el umbral de la puerta, y el bar quedó sumido, por unos minutos, en un silencio mágico.

viernes, 6 de enero de 2012

El Día de Reyes Magos


    Nunca antes me había parado a pensar cómo de significativo puede llegar a ser para mi el día de los Reyes Magos.

    Este día es sin duda uno de los más importantes del año para los niños, cuya fantasía está intacta y aguardan impacientes la mañana del día 6. Es probablemente el único día que limpian los zapatos, y en mi caso, ¡yo sólo limpiaba uno!. Se van a dormir tan alterados, que les parece que no conseguirán conciliar el sueño nunca, pensando en cómo harán los camellos para entrar por la ventana, y en si a Sus Majestades les gustará el cola-cao con galletas que les han dejado en la cocina...
    
    Despertar un día de Reyes cuando eres un niño es una sensación inolvidable. Los ojos como platos, el corazón a cien por hora y un salto tan enérgico para salir de la cama que te hace aterrizar en el salón en una explosión de risas, desgarros de papel de regalo, coloridos envoltorios, exclamaciones de sorpresa, crujidos de cajas... es algo mágico, sin duda.
    Sin embargo, este día suele pasar a un segundo plano para los adultos, cuya fantasía está marchita por el paso de los años, y para los cuáles estas fechas sólo significan desembolso de dinero. Se tiende a dar más importancia al día de Navidad, por sus connotaciones familiares, o a la Noche Vieja, por aquello de recibir al año nuevo y nuestra tan arraigada costumbre de las doce uvas.

    En este año tan atípico para mi, no me ha sido posible pasar estas fiestas con mi familia, como tengo por costumbre. Pude hacerlo en Navidad, pero no en Noche Vieja ni en Reyes. Imaginaba que sería raro recibir el 2012 lejos de casa, que añoraría mucho la cena con mi madre, mi abuela, mi hermano, mis primos, tíos... las uvas en el salón, al brasero, y los besos y buenos deseos de después brindando con champán... pero nunca imaginé que pasar el día de Reyes sin ellos fuera a causarme más melancolía.

    Así me encontraba ayer por la mañana. Estudiando sin ilusión, percibiendo el día más frío que de costumbre, sintiendo que faltaba algo muy importante y que no era un día cualquiera. Los apuntes se me antojaban más enrevesados que el día anterior, las páginas más grises y mis esquemas parecían garabatos sin sentido.
    Así que decidí hacer algo. Me puse el abrigo y salí a la calle. Pensé en qué bonito sería convencer a mis compañeras de piso para poner los zapatos en el salón por la noche, por si acaso a los Reyes Magos les daba por pasarse, y que a la mañana siguiente todos tuviéramos un regalo. Así que me di una vuelta por las tiendas de artesanía del barrio y compré tres chorradillas y chocolate para todos. Ya volviendo a casa, pasé por la panadería y ¿por qué no? Cogí un Roscón de Reyes, con sus frutas escarchadas y su relleno de crema.

    Con esto, recuperé la ilusión y la felicidad, y pude seguir estudiando a gusto hasta por la noche. Convencí a mis escépticas compañeras de dejar los zapatos en el salón, y me fui a dormir pensando que ilusión les haría ver los regalos al día siguiente. Me levanté a las 8, para dejarlos allí antes de que nadie se hubiera levantado, y ¡cuál fue mi sorpresa al ver que ya había coloridos paquetes al lado de cada una de nuestras sandalias!
    Me volví a dormir, con una sonrisa grabada en mi cara y el corazón conmovido. Un par de horas más tarde Fátima me despertó aporreando mi puerta gritando “¡despertad chicas, que han venido los Reyes!” Poco después ya estábamos allí, abriendo los regalos, bebiendo chocolate y saboreando el delicioso Roscón... en resumen, disfrutando como niñas de la magia del día de Reyes.

    Porque no importa lo mayor que seas, ni dónde estés; la ilusión puede seguir viva cuando te rodeas de gente que te quiere. Con solo mantener una chispa de imaginación todo el mundo puede ser un Rey Mago.