Todavía recuerdo aquel
hecho como uno de los más extraños que me han sucedido nunca.
Salí medio adormilada de
La casa de las Conchas para dirigirme al Alcaraván café. Es algo
que solía hacer cuando los apuntes y el silencio de la biblioteca me
sumían en ese estado de sopor en el que las letras se empiezan a
entremezclar y el cuello pierde su firmeza. El leve alboroto del
Alcaraván y el dulce aroma a café recién hecho me devolvían la
vigilia y la concentración.
Llegué como tantas otras
veces y me senté en una de las primeras mesas. Saqué los apuntes y
bolígrafos, y cuando levanté la cabeza quedé petrificada ante mi
visión. Tanto que cuando el camarero me preguntó que quería tomar,
tuvo que repetirlo hasta tres veces para que yo me cerciorara de que
alguien me estaba hablando.
De pie en la barra,
charlando tranquilamente se encontraban dos antagónicos personajes.
El primero, elegante, con su traje gris y pajarita, sus pequeños
rizos cuidadosamente peinados y su pose erguida, interesante. El
segundo, inmensamente gordo. Tanto que daba la impresión de que con
un pequeño empujoncito podría salir rodando la calle abajo. No
vestía, sin embargo, sus estrafalarias túnicas de colores, ni
llevaba sus gafas de sol artísticas. Pero su calva y sus grandes
dimensiones le hacían inconfundible; al menos para alguien que pasa
media vida pegada al televisor...
Me froté los ojos con
incredulidad e intenté procesar en mi mente aquella imagen: No podía
ser cierto, y aún así, lo era: me encontraba ante Federico García
Lorca y King África.
Aquella reunión me
parecía rocambolesca, y sin embargo, emanaba ese grado de confianza
que sólo se alcanza tras muchos años de estrecha amistad.
Mientras les veía hablar
y gesticular, no paraba de preguntarme “¿qué pueden tener en
común?¿de qué hablarán?” El uno, una eminencia dentro de la
poesía española, el otro, caricatura desenfadada de las canciones
del verano. García Lorca, genio de la retórica, músico de la
lengua y malabarista de palabras. King África, cuya mayor aportación
al lenguaje ha sido añadir cuatro o cinco “oes” a la palabra
“bomba”. Y sin embargo, allí estaban: tomando café juntos,
conversando, riendo...
Intenté aguzar mi oído
para escucharles, a la vez que disimulaba dirigiendo mi mirada hacia
mis apuntes. No estaban demasiado lejos, pero su tono de voz no era
muy alto, por lo que sólo pude captar fragmentos de sus
conversaciones...
Les oí hablar sobre
Argentina, país donde ambos habían vivido; también intercambiaron
experiencias de sus viajes por el mundo, contando anécdotas,
impresiones sobre lugares y personas que habían conocido... ojalá
pudiera haber oído mejor toda la conversación. Luego adoptaron un
tono más crítico, comentando la situación política actual,
mostrando su desacuerdo con la desmejora de la educación pública;
para poco después pasar a hablar de música, rimas y versos y
perderse en ese tema durante el resto de la conversación.
No puedo negar que me
impresionó el innegable talento de King África para las letras.
Partiendo de su imagen en televisión, nunca lo hubiera imaginado. Es
curioso cuánto puede cambiar una persona detrás de las cámaras...
Prendida en estos
pensamientos y reflexiones estaba, cuando los dos personajes
estrecharon manos, se dieron una palmada afectuosa en el hombro y se
dispusieron a abandonar el local. Y así les vi salir, sonrientes,
alejándose en silencio, ajenos a la marca imborrable que acababan de
dejar en mi memoria. Desaparecieron tras el umbral de la puerta, y el
bar quedó sumido, por unos minutos, en un silencio mágico.

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