jueves, 1 de diciembre de 2011

Rutina en Edimburgo

       Cuando estoy en silencio, en calma, recién llegada a casa después de todo el día de estudio, o por la noche, justo antes de dormir, si cierro los ojos y respiro profundamente, puedo imaginar lo que fue mi rutina en Edimburgo casi como si todavía estuviera allí.

       La suave cadencia de "Flowers in the window" de Travis va irrumpiendo poco a poco en mi sueño, hasta que todo lo onírico va perdiendo forma y yo me desperezo bajo mi edredón de dinosaurios que tantas noches me ha acompañado y del cual estoy tan orgullosa. Ya es de día, pues no madrugo demasiado. Este es el primer momento del día en que miro a través de mi ventana.          Realmente da igual si está nublado, hay un sol radiante, hay viento o llueve… da igual, porque 10 minutos después puede haber cambiado radicalmente. Esto es Escocia. La primera frase que aprendí aquí fue "if you don't like Scottish weather, just wat 15 minutes".
       Una ducha rápida, un té calentito acompañado de tostadas y me visto para salir en dirección al Forest café. Es curioso cómo nuestra memoria juega con nosotros. Así, yo apenas recuerdo que el camino fuese frío, pero lo cierto es que cada mañana desaparecía bajo mi abrigo, gorro, bufanda y guantes antes de poner un pie en la calle.

       El atajo desde mi casa al Forest no es gran cosa. Son 20 minutos callejeando entre edificios grises con aspecto misterioso. A veces bajo la lluvia, otras oyendo el crepitar de la nieve bajo mis pies.
Paso por delante de los cines Odeon, en Lothian Road. Me traen recuerdos dulces y salados, de ilusión, frustración y palomitas. Frustración por no poder poner subtítulos a las películas, o por no poder pararlas y rebobinarlas. Ilusión al ir entendiendo más y más, según pasan los meses, y palomitas… bueno, es obvio, ¿no?.
       Más adelante, un pintoresco callejón dibuja una suave curva para desembocar en Grass Market. Está flanqueado por edificios que simulan pequeños castillos, y en él se respira el aroma de papel polvoriento. En sus bajos hay antiguas librerías de ejemplares de segunda mano. Las estanterías se alzan por doquier, hasta los techos, y en ellas se puede encontrar de todo, desde clásicos literarios, obras sobre historia de Escocia, novelas modernas, e incluso diccionarios y métodos de idiomas para aprender esperanto.
     
       Una vez en la plaza de Grass Market, no puedo evitar echar echar una ojeada hacia mi izquierda, para ver el castillo, que se yergue imponente sobre un antiguo volcán. Es el mayor símbolo de la ciudad. Y con motivo. Edimburgo no sería gran cosa sin su castillo, y éste no pasaría de fortaleza mediocre sin su villa.
       Cruzo la plaza que, a pesar de ser tan viva por la noche, con sus bares llenos de música en directo y cerveza, durante el día es silenciosa, como si le guardara el luto a lo que fue en el pasado: el lugar donde se exhibía la horca.
       Subo por una estrecha calle, y me topo con la estatuílla de Bobby, homenaje a la fidelidad de un perrillo que vivió catorce años junto a la tumba de su amo.
     
       En dos minutos ya estoy enfrente del Forest café. Un sentimiento de paz me embarga por dentro. Abro la puerta y el calor me envuelve, empañándome las gafas. Tras limpiármelas, saludo a Briggett, Bastian y Margarida, que ya están allí. Porque en este lugar, el aire no es lo único cálido, son las personas que trabajan allí y las que lo frecuentan, quienes lo hacen así de acogedor. Tanto que me siento como en casa. Me pido un capuchino y me siento en una de las mesas al lado de la pared. Rodeo con mis manos la taza dejando que el calor de ésta me recorra todo el cuerpo al tiempo que el aroma del café recién hecho me inunda los sentidos. Reconozco la música que suena, es esa especie de mezcla entre ritmo alternativo y sonsonete del tetris tan característico de este lugar.

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