Nunca antes me había parado a pensar
cómo de significativo puede llegar a ser para mi el día de los
Reyes Magos.
Este día es sin duda uno de los más
importantes del año para los niños, cuya fantasía está intacta y
aguardan impacientes la mañana del día 6. Es probablemente el único
día que limpian los zapatos, y en mi caso, ¡yo sólo limpiaba uno!.
Se van a dormir tan alterados, que les parece que no conseguirán
conciliar el sueño nunca, pensando en cómo harán los camellos para
entrar por la ventana, y en si a Sus Majestades les gustará el
cola-cao con galletas que les han dejado en la cocina...
Despertar un día de Reyes cuando eres
un niño es una sensación inolvidable. Los ojos como platos, el
corazón a cien por hora y un salto tan enérgico para salir de la
cama que te hace aterrizar en el salón en una explosión de risas,
desgarros de papel de regalo, coloridos envoltorios, exclamaciones de
sorpresa, crujidos de cajas... es algo mágico, sin duda.
Sin embargo, este día suele pasar a un
segundo plano para los adultos, cuya fantasía está marchita por el
paso de los años, y para los cuáles estas fechas sólo significan
desembolso de dinero. Se tiende a dar más importancia al día de
Navidad, por sus connotaciones familiares, o a la Noche Vieja, por
aquello de recibir al año nuevo y nuestra tan arraigada costumbre de
las doce uvas.
En este año tan atípico para mi, no
me ha sido posible pasar estas fiestas con mi familia, como tengo por
costumbre. Pude hacerlo en Navidad, pero no en Noche Vieja ni en
Reyes. Imaginaba que sería raro recibir el 2012 lejos de casa, que
añoraría mucho la cena con mi madre, mi abuela, mi hermano, mis
primos, tíos... las uvas en el salón, al brasero, y los besos y
buenos deseos de después brindando con champán... pero nunca
imaginé que pasar el día de Reyes sin ellos fuera a causarme más
melancolía.
Así me encontraba ayer por la mañana.
Estudiando sin ilusión, percibiendo el día más frío que de
costumbre, sintiendo que faltaba algo muy importante y que no era un
día cualquiera. Los apuntes se me antojaban más enrevesados que el
día anterior, las páginas más grises y mis esquemas parecían
garabatos sin sentido.
Así que decidí hacer algo. Me puse el
abrigo y salí a la calle. Pensé en qué bonito sería convencer a
mis compañeras de piso para poner los zapatos en el salón por la
noche, por si acaso a los Reyes Magos les daba por pasarse, y que a
la mañana siguiente todos tuviéramos un regalo. Así que me di una
vuelta por las tiendas de artesanía del barrio y compré tres
chorradillas y chocolate para todos. Ya volviendo a casa, pasé por
la panadería y ¿por qué no? Cogí un Roscón de Reyes, con sus
frutas escarchadas y su relleno de crema.
Con esto, recuperé la ilusión y la
felicidad, y pude seguir estudiando a gusto hasta por la noche.
Convencí a mis escépticas compañeras de dejar los zapatos en el
salón, y me fui a dormir pensando que ilusión les haría ver los
regalos al día siguiente. Me levanté a las 8, para dejarlos allí
antes de que nadie se hubiera levantado, y ¡cuál fue mi sorpresa al
ver que ya había coloridos paquetes al lado de cada una de nuestras
sandalias!
Me volví a dormir, con una sonrisa
grabada en mi cara y el corazón conmovido. Un par de horas más
tarde Fátima me despertó aporreando mi puerta gritando “¡despertad
chicas, que han venido los Reyes!” Poco después ya estábamos
allí, abriendo los regalos, bebiendo chocolate y saboreando el
delicioso Roscón... en resumen, disfrutando como niñas de la magia
del día de Reyes.
Porque no importa lo mayor que seas, ni
dónde estés; la ilusión puede seguir viva cuando te rodeas de
gente que te quiere. Con solo mantener una chispa de imaginación
todo el mundo puede ser un Rey Mago.
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